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jueves, diciembre 21, 2006

La Plaza de Valença

Miguel Rodríguez - miguelroot@yahoo.com



La niña observaba cómo aquella extraña de ojos rasgados dibujaba su nombre en la lámina con animales, flores y caracteres orientales volando concertadamente como a muchos nos gustaría en la vida, con orden, armonía y espacio.

Mientras, una pareja se resolvía vendiendo globos multicolor de caballos, cebras y jirafas que se movían dócil y uniformemente a tenor de la ráfaga de viento. El tipo tenía pinta de alcohólico, de desajustado, con pelo muy rizado y cara demasiado enrojecida para su edad, cualquiera que ésta fuera, y vestía una camiseta de un color difícil de determinar y unos pantalones que serían de hippie si no fuera porque sus rotos no eran provocados. Ella, sin más, era distinta; parecía sacada de una foto de familia durante la conquista de la frontera del oeste americano, en blanco y negro, cuando todas las mujeres tenían rasgos severos y ropas y vidas deshilachadas por igual. Así era ella, igual de adusta, pero en color. Su cara era recia, angulosa y como de minero, y amarraba aquel rebaño de globos mientras atendía al afán del hombre por dar cuerda cada poco a unos ciclistas chinos de latón que, ante la mínima piedrecita, cambiaban solos de dirección en busca de nuevos horizontes más allá de la acera.

Sostenía en el regazo a un niño de cerca de un año que lloraba como una cebra y gesticulaba tratando de llamar su atención. En un momento dado y ante la insistencia de éste, se sacó un pecho y le puso a mamar, lo que calmó inmediatamente su ansiedad; al hacerlo cubrió la cabeza del pequeño y su propio pecho con la capucha del vestido del niño, con un gesto íntimo, de privacidad e infinitamente femenino. Miraba a su alrededor con una cierta ausencia, de vez en cuando sonreía como sin motivo, o se llevaba la punta de los dedos a la barbilla, con la mano ligeramente doblada al canto, como las mujeres refinadas. Y entonces lo entendí: ella le quería; con toda seguridad sus vidas eran lo suficientemente duras para no ser románticas y, pese a ello, así es como ella le quería; le deseaba de una manera agreste, no sofisticada y directa. Tímidamente se acercó alguien y compró uno de los globos.

Su hijo mamaba y trataba de seguir las migraciones de las cebras que gobernaba la mano de su madre, con sus ciclistas chinos de latón explorando el mundo al soniquete de una música a destiempo, una niña que recibe su nombre de mano de un extranjero que desconoce su idioma y, al paso, una multitud inconsciente de toda la escena: quizás porque nunca se enmarañaron en un amor desajustado y de frontera, ni leyeran historias de la China; puede incluso que hayan olvidado cómo fueron en blanco y negro, y si alguna vez acaso se quisieron salvajes. Aun peor, igual hasta nunca aprendieron a andar en bici al son de una música infantil – a destiempo, sí, como casi todo en la vida – más allá de la acera, persiguiendo a aquella jirafa voladora que seguía incansable el más tenaz de los ciclistas.

miércoles, agosto 23, 2006

El Cuerpo

Juan Arabia – Buenos Aires (Argentina)

Presentación de: El joven 12, y sus arquetipos de inconformidad. Se destacaba en letras, y asumía el papel de un “anarquista conservador”.
Por otro lado, Candel, y la bisagra del cuerpo en los espejos. Sucesor de Baeson, simbolista, y admirador del joven 12.
Tercero, y último; el resplandeciente y fervoroso Nacal. Fijador de imágenes primarias, rostros propios y espacios tangibles.

Joven 12: Creo, Candel, que mis manos tiemblan en cada momento en el que recuerdo su nombre. Supongo yo, que no vine al mundo más que para afirmar, o mejor dicho, afianzar a las cosas en relación con sus cualidades. Quizás pueda mi rostro parecer algo fuera de lo ordinario. Quizás yo, no sea más que una pura casualidad en este espacio.

Candel: Creo que ambos haremos todo lo que podamos, siempre y cuando, a Nacal le seamos indiferentes. Podremos o no juzgar a nuestros destinos desde temprano. Podremos o no estar unidos e inútilmente. Pero brotaremos algún día, y los espejos mostraran los verdaderos rostros de los hombres. Allí las cosas serán más justas; y allí, también, el cuerpo se desvanecerá, y se reencontrara con su verdadera esencia.

Joven 12: ¡Silencio!

Y en ese preciso momento, el cuerpo de Candel encendió una luz oscura sobre el frío mármol que lo sostenía. En su espalda, un suave pero doloroso látigo lo despertó del sueño de los espejos. Una jovial gota de sangre cubrió de manchas la figura opaca de la sombra, y su cuerpo, comenzó a resquebrajarse lentamente.
(Suspensión).
Linealidad y afirmación. Conjunción de partes incoherentes, administradas por comportamientos múltiples y complejos. Reenvíos sucesivos: diacrónicos, sincrónicos y anacrónicos. La infinidad y la conjetura de los tiempos circulares. Contigüidad en las acciones de estímulo-respuesta. Similaridad como pluralización de átomos irrepetibles.

El acto finaliza, sin que se repitan las figuras. Sin embargo, los rostros cambiaron sucesivamente de forma, hasta llegar a la homogénea imagen sostenida por un atril, vertiginosamente fijada.

Así, el Fuego alguna vez exclamado por el el Joven 12, fue congelado por Candel, al trazar una ironía de sus cualidades inertes. Pero sobre esa misma y forzada tarea, Nacal recordó cada una de esas distintas formas, y las encerró, y las transformó en oro.

viernes, junio 30, 2006

Tía Eutanasia Juega A La Lotería

SI PIERDE, GANA; SI GANA, PIERDE

Marco Winocur

Mi querida tía Eutanasia, hay que reconocerlo, era una persona negativa. Apartada de todos, su vida giraba en torno al juego de la lotería. Pero no aceptaba correr los riesgos propios del azar. Entonces ideó no comprar billetes pero anotar el número. A ése, le jugaba a perder. Tía Eutanasia, después del sorteo, consultaba con ansiedad la lista de premios, muy contenta de no haberse sacado ninguno. ¡Hoy me gané los tantos y tantos pesos que he jugado a no ganar! -exclamó una y otra vez.


En una palabra, al perder, ganaba; al ganar, perdía. Pero la suerte acabó jugándole la mala pasada que era de temerse: el número elegido ¡resultó con el premio mayor!


Fue con cianuro el -¡ay!- último acto negativo de mi querida tía Eutanasia.

jueves, junio 22, 2006

El Usurero y El Gato

Prudente Arjona - Rota (Cádiz)

Había una vez un prestamista, al que ya no le quedaba lugar donde guardar su caudal, por lo que ideó construirse una cámara acorazada con un cierre de precisión, realizado por un hábil relojero del que desconfiaba, dado que al conocer éste el mecanismo, le daba intranquilidad. Hasta que una mañana, supo que el artesano “había extrañamente fallecido envenenado”. Esto lo calmó, al saber que solo él, con su única llave -que le pendía eternamente del cuello- podía abrir la cámara con sus monedas de oro.

La fortuna creció y el habitáculo quedó pequeño, entonces se le ocurrió cambiar el oro por billetes de bancos, recuperando así, espacio para seguir almacenando riqueza.

Los altos intereses que cobraba el prestamista, le llevó a triplicar su capital que contaba cada noche, hasta que el sol aparecía por el ridículo ventanal de su casa por el que no cabía una persona. Esto le daba seguridad de que, una vez atrancada la puerta de acero, nadie podía acceder a su lúgubre hogar para robarle.

Pero sucedió, que una noche mientras recontaba su dinero, entró por el ventanuco un gato negro -animal de maléficos presagios para el usurero-. De inmediato quiso acabar con el felino que saltaba asustado por la sucia vivienda, hasta que, el animal se refugió en la cámara aun abierta. -El usurero exaltado, volcó el candil que alumbraba la caja, prendiendo el dinero y su camisón que logró quitarse a manotazos, al tiempo que rompía el cordón que sujetaba la llave de la cámara, perdiéndose ésta por el mugriento aposento, mientras que el prestamista entraba irritado en la caja, viendo como se quemaba su querido capital.

Instintivamente, pensó el prestamista; que cerrando la caja, el fuego se sofocaría. -Al tiempo que, a zapatazos limpios intentaba apagar el papel moneda prendido...

Pasaron los días y el usurero no aparecía. -Las autoridades tuvieron que hacer un boquete en el muro, y al no encontrar al prestamista en la casa, abrieron con explosivos la puerta de la caja fuerte.

-Cuando el acero cedió, una ráfaga de viento elevó una fétida nube dentro de la cámara con las cenizas del usurero, mezclada con la de los billetes de banco. Mientras que al fondo de la caja, el maullido de un famélico gato recordaba a los presentes; Que aún le quedaban otras seis vidas, para seguir conspirando contra los usureros malvados...

lunes, marzo 27, 2006

¿Va Camino Del Aeropueerto?

Marcos Winocur - Puebla (México)

Aeropuerto: lugar donde la gente se reúne para canjear el miedo de perder el avión por el miedo a volar. Sí, deja abajo el miedo uno y toma arriba el miedo dos. Desde el episodio de las Torres Gemelas, el miedo dos viene sólo en envase familiar. Finalmente, usted hace “de tripas corazón” y aborda el avión con “el Jesús en la boca”. En vuelo, entre las piernas de la sobrecargo y la comidita que le dan, se olvida de los miedos. Pero llega la hora de bajar, el avión inicia el descenso y... Como “bien está lo que bien termina”, feliz aterrizaje, suspiros de alivio y aplausos para el piloto, los celulares salen a relucir y cola en los teléfonos públicos: “mamá, llegué muy bien, nada pasó, corto porque tengo que ir corriendo al baño.”

Y toca el turno al miedo tres: que se pierdan las maletas. Y cuando usted las tiene en su poder... etcétera. Así que, en realidad, la gente tiene un destino común. ¿París, Londres, New York? ¡Vamos...! Ése es el viaje aparente. Usted, y todos, volamos de una provincia a otra del País de los Miedos. Viajar es renovarse, claro: dejar atrás los cotidianos temores vividos en la calle, en la oficina, en la carretera, temores ya gastados de tanto uso, vengan unos distintos y más intensos... pero no tanto: la odisea de un rehén no se la deseo. Así que, dentro de ciertos límites ¡bienvenidos los sabrosos nuevos miedos, a disfrutarlos sin pudor! Porque ese moreno de bigotes que acaba de subir se parece mucho al que secuestró...

lunes, marzo 13, 2006

La Chica de la Calle

Francisco Javier Sánchez Gallardo

Desde el primer momento que la vi, supe que mi vida estaría unida a ella para siempre. El verano recalentaba el asfalto de la calle dejando vacía una ciudad que ardía despacio. Entre los edificios, los pájaros retaban al calor exhibiendo sus vuelos acrobáticos hasta que le extenuación les obligaba a resguardarse en los huecos de los tejados; el bochorno había ganado.Como todas las tardes, la brisa fresca se olvidó de pasar por mi ventana, yo, sin embargo, asomé mi cabeza y apoyé los codos en el alféizar con la vana esperanza de encontrar un soplo de viento del norte que, despistado, se colara por mi habitación. No podría precisar si fue a las seis o a las siete, cuando mis ojos repararon en ella, en su manera de andar, en su pelo alborotado rozando los hombros, en un escote dos centímetros más abierto de lo normal. Perfectamente, cualquier cosa podría haberme distraído: el frenazo de un coche que no había supuesto que detrás de una pelota siempre hay un niño, el gato de la vecina ejerciendo de funambulista por la baranda del balcón, o cada una de las historias que ocurren en ese pequeño mundo en medio del mundo que es la calle. Y entonces, ella no hubiera sido más que una estrella fugaz que se olvida tras haberla deseado. Aquella tarde, afortunadamente, la ciudad estaba dormida y todos mis sentidos se centraron en ella. Enseguida, tras verla, comencé a soñar despierto. Pensé en acariciarla, en deslizar mis dedos entre su pelo, en cada una de las palabras que le diría para robarle un simple beso. Así pasaron los minutos hasta que se convirtieron en horas. Y, de pronto, sin saber muy bien lo que iba a hacer, bajé a la calle. Con calma, tal como había imaginado minutos antes, me acerqué a ella, con una voz temblorosa y frágil, le pregunté si podía acompañarla durante su espera, y ella me contestó: “Claro, te estaba esperando a ti”.Desde entonces hasta hoy han pasado dos años, y cada tarde, ella me aguarda en el mismo sitio del primer día. Y siempre a la misma hora, yo bajo, la beso y nos damos una vuelta. Puede que dentro de un tiempo, llegue el ansiado día en que no me pida dinero por estar conmigo. En todo caso, yo ya estoy preparado para ese momento.

viernes, febrero 24, 2006

Duetto de Inocencia

José A. Romero - Pontevedra

Mamá, mamá ¿verdad que el ascensor vuela como Superman? Malditas bolsas me rompen las manos. Mamá, ¿verdad que los ascensores los inventó Dios? Y los precios cómo están, en el cielo, sales con un billete de cincuenta y vuelves con unas monedas. Mamá, ¿los ascensores sueñan? Mamá, ¿por qué se llaman ascensor todos los ascensores? Como no le suban por encima del convenio a Manuel las vamos a pasar moradas. Mamá ¿los ascensores deberían tener forma de pájaro? Porque lo que es a mí, no me suben ni un céntimo más, eso seguro, pedazo de cretino el jefe. Mamá ¿de mayor puedo ser ascensor? Pero de todos modos por intentarlo no va a ser. Mamá ¿la escalera le tiene manía al ascensor? Es lo que queda. Mamá ¿el ascensor es vergonzoso?, se tapa la cara. Aunque da más que rabia tener que mendigar lo que, ya no sólo por ley, sino por el más elemental sentido de justicia social nos pertenece. Mamá ¿el ascensor se puede volver loco? Pero qué coño es eso de la justicia social, quién la conoce, un cachondeo, eso es lo que es. Mamá y ¿si el ascensor no se para en el sexto y sigue y sigue hasta el infinito? A la calle deberíamos salir, como antes, como siempre, pero ahora no hay lo que hay que tener. Mamá ¿al cielo se sube en ascensor? Y mucha culpa tienen en esto los sindicatos que se han vendido. Mamá, mamá, ¿el ascensor parece triste? Es triste, bien triste, al fin y al cabo ellos eran el motor de la conciencia de clase. Mamá ¿por qué no llueve nunca en el ascensor? Claro que nunca llueve a gusto de todos. Esos botones de ahí, son para viajar en el tiempo ¿verdad mamá? Porque aún hay quien los defiende. Mamá ¿si pulso ese de la campana vienen los bomberos?, y si toco ese que tiene dos puertas dibujadas ¿a dónde vamos? Funcionarios deberíamos ser todos. Mamá ¿por qué nos vemos quietos en el espejo si el ascensor se mueve? Pero todos no lo podemos ser, además, quién carajo la vela iba a trabajar entonces. Mamá, mamá, ¿los ascensores son más listos que papá? Manuel podía pedir un ascenso, lleva en la empresa más años que la puerta de entrada, y nada, hay sigue de oficial de segunda. Mamá ¿verdad que este ascensor es nuestro. Pedir, pedir, como si fuera fácil, si ya lo dice él y no sin razón, “pedir, lo que voy a tener que pedir es que no me echen como a un perro”. Mamá esa luz se enciende y se apaga, ¿estará enfermo el ascensor? Lo cierto es que más vale pájaro en mano que ciento volando. Mamá ¿es cierto que los ascensores también se mueren? Porque si lo echan me muero. Mamá ¿por qué el ascensor no tiene escaleras? Pero ya está bien, tanto miedo, y más miedo, y venga miedo, y estas jodidas bolsas matándome las manos por culpa de la maldita prisa que se me ha metido en el cuerpo, porque bien que podía posarlas en el suelo, pero como tengo prisa no puedo, me parece que si lo hago voy a perder un mundo. Mamá ¿cuando coge vacaciones el ascensor? Pero la cuestión nos guste o no, es esa, no perder tiempo. Mamá la señora Braulia le tiene miedo al ascensor, además de rabia, le llama maldito trasto asesino y se santigua al entrar en él. El tiempo, la distancia, los pagos, la reangustia, que mal enjuagamos en una quincena de días en Benidorm. Mamá ¿a qué los ascensores no son un invento del demonio? Esta vida está endemoniada. Mamá me parece que ya nos trajo. Por fin. Mamá ¿el ascensor no come? Ahora a hacer la comida a toda prisa. Mamá ¿te ayudo con las bolsas? Debería hacerle más caso al niño. Mamá ¿te abro la puerta? Mira hijo el ascensor es…Mamá ¿tú crees que me dará tiempo a ver los dibus? Hijo te decía que el ascensor es sólo una…Mamá, mamá, ¿por qué tenemos que ir a comprar todos los días? Para comer. ¿Y para qué comemos?. Para trabajar. ¿Y para qué trabajamos mamá? Para comer hijo, para comer, y déjalo ya que me vas a hacer llorar.

martes, enero 03, 2006

Los Pollitos Y Los Reyes Magos

Prudente Arjona - Rota (Cádiz)

El reloj de la plaza estaba dando las seis de la mañana, hacía mucho frío aquel seis de enero, festividad de la Epifanía del Señor, mientras que una treintena de jornaleros esperábamos impaciente a los capataces y manijeros de los cortijos, que como Reyes de Oriente, nos obsequiaran con el jornal de aquel día.

Pronto, en el silencio comenzó a escucharse un repetido: Tú, tú, tú… y pequeños intervalos y pausas entre un tú y otro, que significaban, que algunos de los jornaleros se quedaban en blanco, no siendo elegido para trabajar aquella jornada..

Ese día me acompañó la suerte y fui seleccionado; Tenía el pan asegurado, pues, para juguetes no me llegaría, pero al menos Ana mi mujer y mi hija María, comerían una sopa caliente por la noche. Luego, como regalo le contaría un cuento, hasta que María se quedara dormida.

Colgué mi azada sobre el hombro y tomé la capacha de empléita, que contenía media boba, un trozo de tocino, una navaja, la petaca con medio cuarterón de picadura, un librito de papel de fumar y un encendedor de mecha, y unido con los otros siete compañeros elegidos, nos encaminamos hacia el cortijo “Vaina”, el cual distaba del pueblo, entre doce y catorce kilómetros, que tendríamos que hacer a pie, y de la misma manera el regreso, una vez finalizado el trabajo.

Charlando alegremente por la suerte de ser contratados, caminamos por los caminos y veredas hasta llegar al tajo, cuyo manigero nos “espoleó” al máximo hasta finalizar el trabajo, con un solo intervalo de media hora para comernos las modestas viandas que llevábamos consigo y alguna que otra pausa para liar y fumarnos un pitillo.

Estaba anocheciendo cuando emprendí el regreso. A medio camino, escuche cierto alboroto en unas chumberas, me acerqué y vi a una gallina atrapada en un lazo para cazar conejos, la cual se encontraba prácticamente estrangulada, mientras a su alrededor, media docena de amarillentos pollitos piaban hambrientos y asustados.

Solté a la moribunda gallina de la trampa, pero ésta ya no respondía, por lo que opté por acabar con su sufrimiento a filo de navaja, y tomando los pollitos en mi capacha -que comenzaron de inmediato a comerse las migajas de pan sobrante- reemprendí el regreso, aprovechando el tiempo en desplumar la gallina mientras caminaba.

Como podéis imaginar, Ana se llevó un extraordinaria sorpresa, pues aquella noche de Reyes podría comer carne. Así que mientras me aseaba en un perol de zinc con agua de la aljibe del patio, mi mujer tomó las vísceras y cortó tres filetes de la pechuga del ave (Toda la gallina era mucho para una sola vez) que junto a varias patatas que le quedaban del guiso anterior, preparó una suculenta cena para los tres.

Cuando acabamos, Ana, mi hija se abrazó a mí, pidiéndome que le contara un bello cuento de Reyes Magos. Entonces creí el momento de entregarle mi custodiado regalo, por lo que le pedí que trajera mi capacha, la cual colgué en el patio para que no se percatara de la sorpresa que le aguardaba.

Cuando María abrió el capacho, dio un tremendo grito de alegría, pues no podía creerse semejante regalo. Con los ojos encendidos se agarró a mi cuello y me cubrió de besos, indicándole que al encontrarme con Sus Majestades, y que éstos me habían rogado que le entregara los pollitos como regalo, a sabiendas de que los cuidaría y los mimaría.

Aquella noche María se olvidó de la narración del cuento, prefiriendo jugar con los pollitos, que había introducido en una caja de cartón.

Tanto Maria, como su madre y yo, recordamos aquel providencial milagro, como la mas extraordinaria e inolvidable historia de los Reyes de Oriente, que como Magos que son, nos brindaron la mas mágica noche jamás vivida.

viernes, noviembre 25, 2005

Tres Personajes En Busca De Autor

Me gustan los pelos cardados, hablar a gritos, las medias de rejilla, Kevin Costner, el "instrumento" de mi novio, los clientes que pagan mucho y pegan poco, aprender, llorar, las telenovelas, el 28 de Junio. Y los hombres que me dicen piropos.Y no me gustan las "operadas", se creen más porque ya no tienen "colgajo", idiotas, cuando ya no pueden tener orgasmos. Yo prefiero pasármelo bien, con o sin "colgajo". No me gustan los días de lluvia, no tengo dónde meterme, ni el invierno. El olor a desinfectante de los hospitales. Cuando viene "cargado" Balbino y la toma conmigo. La ropa oscura y larga. Mi cara sin maquillar. Los hombres que te insultan y Pedro Almodóvar. ¿Ya?.

GERMÁN.
Me gustan las mujeres, unas piernas largas como columnas, el color de tus bragas, Cioran, Mi vida con la ola, El último tango en París, Jules et Jim, El arco y la lira, Amelié, el desorden, la imaginación y el juego llevados a la práctica y con los demás, vaguear, soñar hablando contigo antes de dormirnos, la humedad, los amigos que siguen ahí después de no verles en años, escribir un relato entre los dos, el riesgo, mis ojos azules. Soy "el hombre que nunca estuvo allí", el hombre lobo en busca de su mujer pantera, y la sonrisa empaque, asalto.No me gustan los compromisos que no sean de amor, mi pelo, que me digan lo que tengo que hacer, el no poder evitar ver el vaso vacío más que medio lleno, el no dejar de buscar, el no querer perderte, el perderte, el no poder hacer nada, no querer hacer nada, no hacer nada. No me gusta que no me gusten cosas.

SONIA.
No me gustan las personas que humillan a los demás, que se creen superiores, los pedantes. Me gusta que se me ericen los vellos. Rozar con un dedo la piel de un hombre y saborearlo. Que en invierno sólo me abriguen unos brazos. Sentirme desnuda en unas sábanas ajenas al amanecer. Imaginar que una piscina es el vientre de mi madre. Recordar lo que sueño por las noches. Trasnochar. Cuando a un día le puedo poner título. Cuando suena la flauta del burro. La limosna de amores que da un tango, una copla, una bulería. El estado semihipnótico y psicodélico de una borrachera. Que me hablen mirándome a los ojos. Sentirme viva, latiendo, respirando hondo. Y no me gusta el miedo."

jueves, noviembre 10, 2005

¿Muerte?

Nathan A. E. – Alicante

Nada de lo que yo haga cambiará nada. Simplemente puedo dejar pasar el "tiempo". Por llamarlo de alguna manera, ya que el lugar donde me encuentro es atemporal. Él me lo dijo. No hay nada alrededor, nada, ni siquiera estoy yo. No puedo verme las manos, que ha sido lo primero que he intentado, porque no tengo, tampoco tengo piernas, no tengo forma, solo sé que existe mi pensamiento, únicamente mi pensamiento. Pero, ¿dónde estoy? No, me he equivocado de pregunta, porque no estoy en ningún lugar, porque esto no es un lugar concreto, es un lugar que ni existe ni deja de existir. ¿Será éste el antiuniverso? Recuerdo que hace años vi un documental en el que hablaban de algo llamado la teoría de las cuerdas, y en esa teoría cabía la posibilidad, es mas, la teoría necesitaba de la posibilidad de que hubiera otras dimensiones, pero y si él había cruzado un agujero de gusano y había ido a parar a un universo no tan paralelo como decía la teoría, ¿sino a un universo totalmente opuesto? ¿La no existencia? ¿O peor aún, puede ser esto la muerte? No recuerdo nada, solo recuerdo desde el momento en que me he "despertado" en este "lugar", hasta este último pensamiento. A cada momento que pasa, la idea de que esto es la muerte va tomando fuerza, y es que fui una persona que pensaba mucho en cómo sería la muerte, y la imaginaba justo así. Eso me aterroriza, así que mejor voy a pensar en otra cosa, ¿pero en qué? ¿En que vas a pensar en un lugar así? Porque sólo puedes hacer esto, pensar. Creo que ya estoy convencido de que esto es mi muerte, y que es la que yo imagine, igual que para aquel que esté leyendo esto, será como él la imagina.

martes, octubre 11, 2005

Neorrealismo Mesetario

José Cruz - Granada

La película iba a girar en torno a la figura de Manuel J. Tomillar. Dijeron que lo de utilizarlo a él mismo como actor protagonista tenía que ver con el realismo de la acción, y tiraron del neorrealismo para dar coba a su discursito ante la productora. Pero lo cierto es que tuvo que ser una cuestión de cuadrar números, porque Tomillar iba a empuñar una navaja de Albacete en lugar de una Beretta superpuesta de dos cañones, la escopeta de caza de su padre.

Tomillar, el perturbado que juraba ver a Dios al abrigo de las marquesinas de las gasolineras siempre levitando junto a los expositores de pino ambientador, o al lado de una vitrina donde exhibieran casettes de Camela, era famoso por haber quitado de nómina, años atrás, a varios realizadores.

Megáfono en mano, repantigado en la silla de director recién adquirida en una gran superficie comercial, la primera y única orden que el director, un anormal que se olvidó de la trama de su propio film, pudo gritar, resultó ser: “¡Acción

viernes, septiembre 30, 2005

Voces

María Milagros Roibón - Argentina
Soy la roca, el agua de paso que recalienta la atmósfera.

Caminamos desnudos como colgados de aquellos sueños que fueron tejidos sobre el listón petulante de la vía láctea. Aborrecemos las mañanas en que la migraña nos inunda con su fétida podredumbre de espantapájaros. Soy el destello tatuado en tu centro.

¿No recuerdas, acaso, fumar las estrellas cuando el campo era tu esencia y la gente desfilaba por callejuelas apagadas de misterios? Soy el cencerro de oro que suena cada vez que tus pensamientos aborrecen la lejanía de ser ese hombre de puños cerrados, que muerde pedacitos de vida en la alfombra nupcial de los espantos.

Caminamos agotados por nuestros errores, buscando culpables. Soy la roca, la espesa longitud de tus líneas, ese irse y venir, esa falta de estabilidad emocional trastabillando en tus oídos. “¿Qué es el sol?”, me preguntas, amado. No sé, sólo sé que prefiero la luna, la oscuridad taciturna de las luciérnagas.

Soy la roca, la falacia de los mejores argumentos. Amanezco pisoteada de hombres que no conocen más que hacer daño a sus amuletos. El tiempo es magma y yo soy todo: savia y cuerpo. Escritura ilegible con sed de silencio.

miércoles, septiembre 28, 2005

XIII

Hernán Tenorio – Argentina

El elemento savia (derretido en el costado del cilindro), circuito intolerante de las hojas, es la inofensiva mascara de la sonrisa y el contorno de una bicicleta, la inestabilidad del equilibrio. Dos poleas se generan en otro tallo y el manjar es leche elemental en las espinas de los engranajes, curvas quietas en el transformador de las jaleas, mueca boba del hilo que chorrea. Siempre en flor: madreselva, naturaleza inquieta, maquina infernal de una totalidad.

martes, septiembre 20, 2005

Breve Historia De La Felicidad

Jorge Carrión - Argentina
Joaquín abrió la puerta y se encontró cara a cara con ella: la felicidad. Sin decir nada, se escrutaron con la mirada durante un par de minutos. Parecía como si midiesen las fuerzas de un contrincante, calculando probabilidades de éxito, la mejor estrategia para empezar y la técnica más efectiva para obtener los mejores resultados.

Finalmente, Joaquín tomo una decisión: se hizo a un lado, esbozó una sonrisa y dejo espacio suficiente para que ella entrara. Sin embargo, ante esta acción la felicidad se quedó inmóvil delante de él. Convulsionándose de dolor y con una horrible mueca en el rostro murió instantáneamente.
Joaquín nunca supo porqué la felicidad murió ante su puerta. La felicidad nunca entendió porqué debía hacer feliz a ese hombre.